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martes, 22 de noviembre de 2011

Whisky

bebi un sorbo del whisky J.W. etiqueta negra que acababan de traerme. Primero el garzón había cometido la equivocación de servírmelo en las rocas. Lo llamé de inmediato y le dije que me debería disculpar pero no se me había preguntado si yo deseaba mi vaso de whisky con hielo, ergo, se sobreentendía que sólo quería whisky, sin hielo. - "Enseguida se lo cambio señor. Disculpe.", había dicho, para poco después volver a aparecerse con la esperada bandeja portando un vaso conteniendo whisky dorado a temperatura amnbiente con las paredes del vaso perfectamente limpias, secas por fuera y frías, si, pero no empapadas, como sucede cuando el vaso contiene líquidos helados.
Bebí un segundo sorbo y observé hacia la calle. La noche había llegado y las luces de los postes se encontraban encendidas. Eran amarillas, como tirando hacia un color melón. Sentí la lengua calentándoseme, al igual que la garganta, al poco de percibir esa sensación a madera agrietada y suave a la vez que el whisky provoca. Los labios, sobre todo el inferior, recibieron el calor del alcohol y tomé conciencia de la línea que discurre sagitalmente por la mitad de mi labio inferior. No la veía, la sentía. Tuve la impresión de estar observando un sillón de fino cuero oscuro poco antes de sentarme en él y quedar así, en silencio, mientras la oscuridad lo envolvía todo y yo me quedaba sólo, pensando.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Arbol del silencio

























Árbol del viento
del sosiego
del silencio
del violento ciego
que aprendió un poco cómo mirar
sin perder detalles importantes
como las hormigas llevando hojas
como las palabras dichas sin hablar
no es un experto
solo quiere ayudar
y no tener que fracasar
no tener que defraudar
a quienes anhelan para él
que el viento le traiga la verdad.

Árbol del pasado
de la verdad
del complejo reto
de descifrar la fórmula
para lograr la serenidad
Un dia un padre aprendió a quedarse quieto
y poco a poco el hijo lo fué observando
imitando sus movimientos cuando crio
anhelando tener su brio
un cofre lleno de secretos
tesoros y descubrimientos
sobre la magia y el entendimiento
con las hojas del cerezo
con las palabras del tiempo
aprendió a cubrirse del viento
y al ver el árbol de cerezo
se calma
y piensa sereno
recuerda a su viejo
que le mostraba el firmamento.

jueves, 21 de julio de 2011

De "Boquitas pintadas"

Belgrano 60-11 quisiera hablar con Renée... Renée ya sé que no existe, yo quiero hablar con usted. Charlemos, la tarde es triste, me pongo sentimental, Renée ya sé que no existe, charlemos. Usted, es igual.
Luis Rubinstein

(de la pág 23 de Boquitas pintadas, de Manuel Puig)

domingo, 25 de octubre de 2009

Whiskey

Bebí un sorbo del whiskey J.W. black label que acababan de traerme. Juan caminante - pensé. Lo sirvieron elegantemente, con parsimonia. Primero el mozo había cometido la equivocación de suponer que lo quería con hielo y por tanto me lo había servido así, en las rocas. Estaba distraido en mi lectura y no me percatè de ello al aproximarse el mozo. Pero al colocarlo sobre la mesa lo mirè y noté el detalle. Lo llamé de inmediato, puesto que ya se iba, y le dije que tendría que disculparme pero no se me había preguntado si yo deseaba el licor con hielo; ergo se sobrentendía que sólo quería whiskey, sin hielo.
- Enseguida se lo cambio señor - me había respondido presuroso. Se llevó el vaso y su escasa parafernalia para poco después aparecerse nuevamente con la esperada bandeja, portando un vaso con whiskey dorado, a temperatura ambiente, con las transparentes paredes del vaso limpias, secas por fuera y por dentro hasta el nivel del líquido, debajo del cual la densidad del alcohol, además de otros atributos químicos, haría imposible seguramente poder mirar "bajo el agua", si uno estuviera debajo de la superficie alcohólica, como buceando en un mar dorado y sin olas, cálido y silencioso.
Bebí entonces ya un sorbo de whiskey. Pensé. Me asaltó un silencio más profundo que el habitual. Bebí un segundo sorbo. Escuché un silencio ajeno al pasar una muchacha pensativa, enfrascada en su mundo interior, el que adivinaba interesante. Me distrajo sólo un segundo; apenas lo suficiente como para darme cuenta de que me distraía; luego la olvidé. Observé la calle. La noche había llegado a mi lado y sin embargo parecía que era a todo el mundo a quien había llegado, a quien cubría. Y si. Lo sé. Cubría a todo el mundo. Pero solo yo parecía detenerme en el hecho de que me tocaba la noche, tanto en mi interior como en la piel, distraída noche, desde la calle como llegaba, desde el cielo, desde el silencio ajeno y mundano. La noche no debería sobrentenderse con tal simpleza.
Noté las luces encendidas de los postes. Pensé que si no estuvieran encendidas no las notaría por supuesto. Pero quizás las luces no estaban en los focos de los postes recientemente encendidos, sino sólo en el aire. Tras la magia eléctrica no podía ser que la luz fuera sólo eso. Yo miraba luces tal cual las hubiera pintado Vincent. Hablo de Van Gogh. Hablo del silencio, del mar y de las luces en la noche, en la niebla, en mi interior. Esas luces en los postes brillaban amarillas, casi de un color melón a la vez; mejor dicho.
Al cabo de un instante sentí la lengua calentarse, al igual que la garganta, al percibir esa sensación a madera agrietada, antes húmeda, secada al sol, en viejos bodegones imaginarios. ¿En qué parte de un alambique habría madera? ¿La habría? ¿En contacto con el licor? ¿Y lo habría besado hasta embeberse él de ella? El alcohol me habla sin palabras. Me susurra desde el interior...
Sentí los labios calentarse, sobretodo el inferior. Habían recibido el calor del líquido al surcar las grietas de su superficie. Tomé conciencia de la existencia de la línea que discurre sagitalmente por la mitad del labio inferior. Percibí cada una de las grietas más delgadas que se marcaban aledañas por la sensación del hilo de alcohol que se deslizó sobre ellas. No las veía. Las sentía. Tuve la impresión de estar observando un sillón de fino cuero oscuro, poco antes de pasar a sentarme en él mentalmente, y quedar así, a continuación, en silencio, mientras la oscuridad lo envolvía todo y yo me quedaba encerrado dentro de mi interior, observando desde mi guarida el último resquicio de luz al irse desvaneciendo. Quedandome sólo, pensando.