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domingo, 1 de agosto de 2010

Una camelia muerta


Siento la terrible tristeza causada por, sino el peor, uno de los más terribles y dolorosos jamaces que conozco. Este dolor lo recuerda perfectamente mi corazón. Lo sufrió sangrante antes, al conocerlo. Este dolor lo presentí entonces; lo temí tanto cuanto lo supe ineludible. La muerte de Reneé. La muerte de un pequeño sol bajo el Sol. La muerte de Mozart la belleza para que naciera Mozart la leyenda del genio arrojado a una fosa común. La muerte de tantas veces la belleza frágil muriendo, abandonando la vida, yéndose, para siempre. Una lágrima caliente en el frio invierno. Un ruiseñor vuelto cadáver alado, tirado en el campo, sobre la yerba amarillenta, antónimo del frescor, del verdor y de la frescura de la vida palpitante. Y uno no puede hacer nada. Nada más que quedarse inmóvil, segundos antes de estremecerse, callado, observando.  Todos esos dolores desgarradores en  aquellos instantes en que lo sublime de un rayo solitario de belleza se marcha y el lugar donde antes estaba se torna yermo y vacuo. Todos esos nunca jamaces. Todos esos recónditos escondrijos de donde brota la sangre que abandona el corazón mio y el alma que se ofusca, compungida por la pena de ver marchar a un congénere a la tierra de los gusanos y el olvido, asi, sin más. La soledad. La efusión lacrimal. La garganta hecha un nudo que se estira con un intento brusco de salir del ápnea y cala hasta el interior de la parte alta del pecho. Ha muerto una camelia, aplastada y silenciosa. Un capullo de rosa roja yace sobre el suelo. Los pétalos aún firmemente adheridos, pero laxos en los bordes. No ví su reciente caída. No es justo. No eludo el dolor. Es justo sufrirlo. Por la muerte de la más sublime belleza.

sábado, 20 de junio de 2009

eugenia llora (p.s.)


encuentra de pronto una vieja cuartilla, la copia de un antiguo romance popular checo. Lee el texto y llora (¡Tan pronto!):

Un pinito verde
en algún lugar del bosque,
un rosal también, perdido
en algún jardín;
has de saber, mi alma,
que han sido elegidos
para echar raíces en tu tumba
y crecer sobre ella.
Dos potros negros
pacen en la hierba de la pradera.
Regresan a la ciudad
brincando alegremeante.
Irán al paso
a tu funeral.
Tal vez, tal vez mucho antes
de que las herraduras de sus cascos,
que ahora veo relucir,
hayan caído.

(Philippe Sollers. Misterioso Mozart. P.38. FCE. 1a ed. 2001)

jueves, 26 de febrero de 2009

Muerte de la belleza


¿Por qué se apaga el canto del fusil?
¿Por qué ya no dispara ràfagas de metralla al corazòn el piano, el violín?
¿Por qué habrá de llenarse de polvo del suelo el pecho asmático
y manar sangre de la boca, versada fuente de ideales y bondades?

¿Por qué habrá de llenarse de polvo
el dibujo ilusorio del sueño,
el amor apasionado y entregado,
la ilusión de uno de los mejores seres humanos?

Golpea la marea del viento
el rostro cubierto por franela
de un ángel de corazón muerto
de un hombre con alas blancas y ensuciadas
por la traición del asma, la bala , el miedo y la ignorancia del campesino
por la desilusión,
o la fiebre reumática, o por otro asesino huidizo y blanco...
atormentado, sensible,
él mismo.

Golpea la lluvia inclemente el rostro descubierto
mirando al cielo
mirando a Dios lloviendo, besándolo en el último momento con sus lágrimas de Cielo
Cae la cal sobre el rostro del ángel,
entre tantos rostros comunes y corrientes
y las gotas de lluvia limpian,
cual besos del Señor,
la cal y la afrenta, la sangre vertida de la belleza...

Pero nada limpia el sueño enamorado
de un futuro mejor
de un mañana solidario
de las manos juntas de mil hermanos
que juntos han luchado

Pero nada limpia el amor apasionado
la ilusión, la causa ni la voz de uno de los mejores seres humanos
de la faz de la Tierra
de la faz de la historia
de Latinoamérica, de Europa, ni de mi corazón.

Muere la belleza excelsa,
en una quebrada sucia y polvorienta de Bolivia
en una fosa común de Viena
en el fondo del nudo de mi garganta, que aún más aprieta.

Muere en el fondo de mi corazón
la belleza excelsa.
Se detiene la sangre
se detienen las notas
se detienen las balas
la tinta en las páginas rotas
se detienen el cansancio y la lucha
y los mil pentagramas de mi mente
mas no mi ilusión, mas no mi esencia, jamás mi ser...

Se detienen las notas
se detienen las balas
y más allá
almuerzan los idiotas
y, por largo tiempo,
ya nada importa...
Ernesto ha muerto
al igual que murió Wolfgang.
Mi corazón se acongoja...
Mi corazón se acongoja...
y por un instante siento
que yo también he muerto...
hace tanto tiempo.